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Este libro me ha escandalizado. Como si las muchas interrogantes planteadas por la doctora Acevedo no fuesen suficientes para quitar el sueño, me he desvelado mirando de frente incógnitas que había guardado por mucho tiempo. Así que en lugar de utilizar el tiempo con alabanzas –que la autora se ha ganado muy bien con su obra y su vida ejemplar- mejor lo aprovecho compartiendo aquí  algunas de las preguntas sencillas que se despertaron en mí con la lectura de esta obra.

La primera la descubrí revisando su bibliografía. De sus 86 fuentes, 31 son publicaciones de Estados Unidos, 23 de España, 3 de México, 1 de Argentina y dos del Vaticano. Las fuentes citadas del Internet, 19 en total, incluyen por lo menos 12 de habla inglesa. De Puerto Rico aparecen tres fuentes. De esas últimas, una es de comentarios sobre Eugenio María de Hostos y la otra es una obra de la propia autora. ¿Dónde está el debate puertorriqueño sobre la ética de las comunicaciones? Pues sencillamente no está. Me atrevo a plantear como posibilidad que no se trata de falta de dedicación de la autora, sino que no está porque no existe. El heroísmo de la doctora Acevedo al emprender, en la más absoluta soledad en este vecindario, la tarea de convocar a la discusión de sus tesis sobre el tema merece un mejor homenaje que el elogio florido. Ella nos ha hecho un regalo y está de los demás darnos por aludidos.

La segunda pregunta es: ¿Cuál es la dimensión intelectual en la que vivimos los periodistas de Puerto Rico? La autora se atreve a describirla con bastante detalle y con la valentía que siempre le ha caracterizado. Para fines de lo limitado de esta ocasión, daré sólo algunas de las características que encontré en el libro.

Es un mundo de ideas en el que no se estudia a los filósofos sino que aprendemos sobre ellos a través de comentaristas de lugares donde sí se les lee, se les piensa y se les debate. Este es uno en el que Carlos Marx es un defensor de la inmoralidad, Betrand Russell una de las peores cosas que le ha pasado al pensamiento y la religión lo que hace es una aportación de segunda o tercera a la ética, claramente innecesaria y, en todo caso, inalcanzable.

Ese nivel intelectual encuentra su enganche en el mundo práctico de la profesión en el que se afirma que hay preeminencia de la ley sobre el derecho y contradicción entre libertad y responsabilidad, mientras las urgencias éticas relevantes y recurrentes que se viven son sobre racismo, misoginia, homofobia y eutanasia. La religión es siempre un tema al que hay que tenerle cuidado porque es controversial, y mientras Dios no es siquiera dueño de la vida, el consumo de cosas innecesarias es una necesidad para sostener la economía. En ese mundo, la libertad no tiene una base fundamentalmente política que sea necesario entender, la guerra y la opresión económica son marginales y la nación no se discute a fondo. Se advierte la necesidad de cuidarse del patriotismo y hablar de pueblo puertorriqueño puede resultar ofensivo a quienes hayan nacido en otros lugares. ¿Eso es así? Tiendo a pensar que eso fue lo que la autora vio y por eso lo cuenta, sin ponerle aderezos ni analgésicos.

En las primeras páginas aparece citado el Discurso del Método de Descartes en la parte que dice “empecé a examinar las cosas en sí mismas, que es la única manera de saber algo”. Pero -me atrevo a agregar- que entonces conviene averiguar qué es lo que tiene la cosa que la hace ser lo que es y no algo distinto. ¿Qué es lo que vale la pena amar de las cosas? Si no hacemos eso, un buen día nos encontraremos incapaces de distinguir entre lo bien querido y lo mal usado. 

La doctora Acevedo nos hace una propuesta curiosa. A cada paso, ante ese mundo que va describiendo, nos presenta posibilidades éticas, a veces como si ella fuese un boticario de antaño, cargada de potes de homeopáticos y pócimas. En otras ocasiones, usa como método advertirnos que en la vida real las decisiones justas no se basan en fórmulas memorizadas sino en el compromiso de no rendirnos ante la tentación de lo fácil. Pero aún en tales circunstancias, insiste en que el profesional tiene el deber ineludible de justificar la decisión tomada. A la hora de la verdad, la cosa es buena por sí misma o la hacen buena sus consecuencias.

Dentro de ese marco, me ha resultado curiosa la ausencia de mención a uno de los problemas más urgentes en este fenómeno que otros han denominado industria de la conciencia. ¿Dónde está la descripción del ministerio de propaganda? ¿Qué debemos hacer los que dedicamos la vida a este oficio ante la manipulación constante y sistemática del ejército de propagandistas del Estado? ¿Es así que son las cosas o así es que se destruye la libertad?

Opino que ese vacío puede deberse a que la autora ni siquiera le da espacio a discutir ese disparate con el que intentan excusarse aquellos que quieren rendirse o sacar beneficio de algo que no es de ellos.

Hay derechos de los que cada uno es propietario y hay derechos en los que ejercemos la función de fiduciarios. El médico no es el dueño del derecho a la salud, sino que su deber es administrar la protección de un derecho del paciente. La libertad de cátedra tiene la función de proteger el derecho a la educación del estudiante. Los periodistas no somos propietarios de la libertad de prensa. Ese es un derecho político del pueblo y no un privilegio individual. Desde el dueño de la empresa periodística hasta el reportero, estamos llamados a proteger el derecho a la libertad de prensa y si cobramos por nuestro trabajo es porque tenemos derecho a ganarnos la vida y no porque tengamos la autoridad para vender lo que no es nuestro.

Llegado a este punto, me atrevo a la amorosa crueldad de discrepar abiertamente de la doctora Acevedo en un punto. Ella relata el cuento del pez, que como ha vivido siempre en un mundo mojado no es capaz de conocer lo seco. No sé lo que piense el pez, pero el ser humano es el animal que se sabe el nombre de las cosas y que fue capaz desde la ignominia de la tiranía soñar con la libertad. Mi argumento para sostener tal alegación es ella misma y la obra tan importante que tenemos hoy ante nosotros.

En El Banquete, Platón consigna que Diotime fue la maestra de filosofía de Sócrates y en su estudio sobre los orígenes de la libertad, Paterson afirma que en Grecia fue la hembra de la especie la que produjo el concepto de la libertad como valor. En mis propias investigaciones sobre los orígenes del lenguaje he tenido la oportunidad de corroborar una y otra vez esas aportaciones y los nombres de autoras y heroínas que han alterado el curso de la historia. ¡Enhorabuena profesora! Pertenece usted a una tradición ancestral.       

Dado en Casa Blanca,
Viejo San Juan
6 de abril de 2006

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* Discurso en la presentación del libro de Milagros Acevedo Cruz  Muchas Preguntas y algunas respuestas: La Ética Mediática

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