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Introducción

Este escritor puertorriqueño que ha pasado a la posteridad prin­cipalmente por su novela La charca, nació  el 10 de enero de 1855 en Arecibo, tierra de tantos personajes destacados.
 

Fueron sus padres Manuel Zeno Correa y Concepción Gandía Bal­seiro, pertenecientes a la clase acomodada de la localidad; su padre era militar y de ideas conservadoras, poseía dos haciendas (una de ellas se perdió posteriormente) y siempre estuvo vinculado a las actividades municipales.

 

Manuel, de niño, aprendió las primeras letras en su natal Arecibo, pero sus estudios de bachillerato los hizo en la ciudad de Barcelona, a donde se trasladó la familia.

 

Una vez que obtuvo su título de Bachiller, se fue a Madrid a estu­diar Medicina en la Universidad, y allí en la capital floreció su afición por las letras. Coincidió en estos años con el patriota cubano José Mar­tí, que por entonces estudiaba Derecho, encuentro que siempre recor­daría Zeno Gandía —y que se repetiría muchos años después, en 1890, en un viaje a Nueva York en nombre de la publicación El Buscapié.

 

Ya con su título de Doctor en Medicina y Cirugía va a París a am­pliar conocimientos de su carrera y entra en contacto directo con la co­rriente naturalista en la novela, representada por los hermanos Gon­court y Émile Zola.

 

De regreso en Puerto Rico se instala en Arecibo para dedicarse a la práctica de la Medicina.

 

Después de morir su hermano en 1880 a causa de una vacuna con­tra la viruela que él mismo le había puesto, al año siguiente viaja de nuevo a Europa y participa en varios congresos y reuniones científicas y literarias, representa en Madrid al periódico puertorriqueño La Cró­nica, y participa en las celebraciones por el bicentenario de Pedro Cal­derón de la Barca.

 

En 1883, de nuevo en la Isla, se establece definitivamente en Pon­ce, donde se casa con María Ana Antongiorgi Franceschi, natural de Yauco, y se dedica durante 20 años al ejercicio de su profesión médica, hasta que se retira en 1902 y se traslada a San Juan.

 

Zeno Gandía estuvo muy vinculado al activismo político desde los tiempos de la colonia, pero defendiendo las ideas autonomistas, no independentistas, de ahí que perteneciera al Partido Autonomista. Era un conservador reformista porque creía en las mejoras dentro de la pertenencia a España.

 

Todo parecía ir por buen camino cuando en 1897 España concedió al fin la autonomía a Puerto Rico, pero nada salió como estaba previs­to: como consecuencia de la victoria de los Estados Unidos en la Gue­rra Hispano-americana en 1898, la historia de la Isla tomó un camino imprevisible, porque España, derrotada en la confrontación bélica, tu-yo que entregarle a Estados Unidos sus posesiones de ultramar: Puer­to Rico, Filipinas y la isla de Guam. Libre Cuba del dominio español, tuvo un breve gobierno interventor estadounidense que en 1902 cedió la soberanía a los cubanos, que entonces proclamaron su República. Otro fue el caso de Puerto Rico, porque con la entrada de las tropas norteamericanas en el país, su historia dio un dramático vuelco.

 

A partir de entonces Zeno Gandía continúa el compromiso con su patria, y en 1899 va a Washington como miembro de una comisión del Nuevo Partido Autonomista, acompañado de Eugenio María de Hos­tos y Julio J. Henna para exponer la situación económica de la isla, oca­siones que se repetirían, aunque desde diferentes organismos políticos y obreros, como la Asociación de Agricultores de Puerto Rico, siempre en la búsqueda de mejoras para los sectores más desfavorecidos de su patria. Se integró al Partido Unión de Puerto Rico.

 

El escritor 

 

Zeno Gandía era un hombre culto y dominaba varios idiomas. Además de médico, era un escritor, y ya tan temprano como en 1873 había publicado el estudio Influencia del clima en las enfermedades del hombre, y en 1887 el artículo “Higiene de la infancia”, por el cual le hi­cieron miembro de la Sociedad Imperial de Pediatría de Moscú. Pero Zeno Gandía fue un intelectual interesado en múltiples géneros y te­mas, que abarcaron desde el periodismo hasta el teatro, el cuento, la poesía y la novela, pasando por ensayos y estudios, como la colección de biografias de hombres ilustres — ¡Y si no tenemos historia!—, y sobre aspectos de paleontología y geografía —Resumpta indo-antillana—; también dio conferencias y escribió artículos de crítica literaria.

 

Fue un hombre muy activo y perteneció a varias asociaciones lite­rarias y científicas, como la Sociedad de Escritores y Artistas de Madrid y la Sociedad Anatómica Española. En Puerto Rico colaboró en muchos periódicos y revistas, como La Azucena y El Imparcial. Fundó El Estudio, de carácter científico, y La Opinión,  y en 1902, retirado ya de la práctica de la Medicina, se trasladó de Ponce a San Juan y compró el periódico La Correspondencia, que dirigió y al que se dedicó varios anos.

 

Tuvo fama en su tiempo como poeta, pero su consagración para la posteridad vino con su novela La charca (1894), concebida para formar parte de la serie que llamó “Crónicas de un mundo enfermo”, y que estaría integrada por once novelas, aunque sólo llegó a escribir cuatro; las otras tres son: Garduña (1896), El negocio (1922) y Redentores (1925), que apareció por episodios en El Imparcial. Dejó al morir dos novelas inconclusas.

 

El pensamiento y la literatura de su época

 

Las corrientes de pensamiento

 

El siglo xix estuvo marcado por la Revolución industrial iniciada en Inglaterra en los últimos años del siglo anterior, a partir de la in­vención de la máquina de vapor y de los telares mecánicos, lo que pro­vocó el paulatino cambio en los sistemas y las relaciones de produc­ción hasta entonces existentes y el surgimiento del proletariado.

 

El siglo xix fue, pues, el siglo de la realidad concreta, y esto trajo los consiguientes cambios en el pensamiento de la época, en el que in­fluyeron otras grandes invenciones y descubrimientos, como el teléfo­no, por Graham Bell, y la luz eléctrica, por Edison.

 

No podemos dejar de mencionar lo que significaron las teorías de Darwin sobre la evolución de las especies. Fue muy importante el fi­lósofo y economista inglés John Stuart Mill (1806-1873), representante del utilitarismo, autor de importantes obras, entre ellas Principios de economía política (1848). Pero en este mismo año en que Stuart Mill pu­blicaba este texto, otro filósofo hacía su aparición con un punto de vis­ta inquietante: el alemán Karl Marx daba a conocer su Manifiesto co­munista. Fue el año también de las revueltas sociales.

 

Pero la corriente de pensamiento que dominó casi todo el siglo xix fue el positivismo, iniciado por el filósofo francés Auguste Comte (1798-1857), autor de varias obras al respecto, entre ellas el Curso defi­losofl’a positiva, publicado en seis volúmenes, filósofo sobre el cual es­cribió el propio Stuart Mill en 1865: Auguste Comte y el positivismo.

 

El positivismo fue un sistema filosófico basado en el espíritu cien­tífico, la experimentación como método de conocimiento y la búsque­da de aquellas condiciones que hacen posible que ciertos fenómenos se produzcan. Esta actitud descartaba las explicaciones sobrenaturales –metafísicas y religiosas de los hechos–, tan del gusto de los román­ticos.

 

La filosofía de Auguste Comte propugnaba la reforma de la socie­dad partiendo de la actitud científica de la filosofía positivista, y se le considera el creador de la sociología moderna.

 

En La charca tenemos en el doctor Pintado a un partidario del positivismo:

 

"Ya le había parecido a él muy extraño que el padre Esteban no hubiera armado la contienda. Y aquella noche el choque podía ser for­midable, porque tenía que habérselas con Pintado, nada menos que con un convencido positivista que en asuntos referentes a la colonia era pesimista, con un pesimismo reacio a toda transigencia, no acep­tando en sus juicios y opiniones más procedimientos que la disección, ni más dios que Claudio Bernard. "

 

Claude Bernard (1813-1878), por su parte, fue un fisiólogo francés que tuvo gran influencia en los métodos científicos de su época, pues se basaba en la experimentación provocada y sistematizada, sobre lo cual escribió varias obras, entre ellas Introducción al estudio de la Medicina experimental (1865).

 

Los estilos literarios

 

El romanticismo, que comenzó muy a finales del siglo xviii y se propagó en la primera mitad del XIX, y había surgido como reacción ante la rigidez academicista del clasicismo, tenía una serie de caracte­rísticas muy variadas: predominio de la imaginación sobre la razón, identificación con la naturaleza, lirismo, exaltación del individualismo, gusto por lo fantástico, lo misterioso, búsqueda de un pasado épico re­al o legendario dentro de una marcada inclinación por el nacionalismo, así como la expresión de pasiones tumultuosas, atormentadas y melancólicas.

 

Como ejemplo de escritores románticos podemos citar en Francia a Victor Hugo, en España a Espronceda y Bécquer, en Estados Unidos a Edgar Allan Poe, y en Hispanoamérica al cubano José María Heredia, en Argentina a Domingo Faustino Sarmiento y en Colombia a Jorge Isaacs, el autor de María.

 

Aunque ya en la fecha en que Zeno Gandía escribió La charca el ro­manticismo había dejado de tener vigencia, podemos notar sus remi­niscencias en el tratamiento que hace de la Naturaleza, como expresión de las pasiones atormentadas y melancólicas de los seres humanos; la dota de ánima, comprensión y compasión, la hace cómplice y copartí­cipe en la vida humana que se desenvuelve en ella; Naturaleza exube­rante, avasalladora, ciega y destructiva a veces, pero siempre exaltada, admirada, considerada un paraíso. Por otra parte hay un par de perso­najes caracterizados con detalles románticos: Marcelo –miedo, debili­dad, locura–, y Silvina –languidez, melancolía, manifestaciones mórbidas.

 

Pero en la época de La charca los estilos literarios que estaban en pleno auge en la narrativa eran el realismo y el posterior naturalismo.

 

El realismo surge como reacción a los excesos del romanticismo, defendiendo la objetividad en contra de la subjetividad. Se cuentan y describen las cosas tratando de no caer en las exageraciones de la ima­ginación, aun cuando lo que se cuente sea ficción. Francia dio grandes novelistas de este estilo, como Honoré de Balzac, autor de su monu­mental serie “La comedia humana”, y Gustave Flaubert, autor de la célebre novela Madame Bovary. España, prolífica en escritores realistas, dio una excepcional figura: Benito Pérez Galdós. En Hispanoamérica está representado este estilo en la novela Cecilia Valdés, del cubano Ci­rilo Villaverde.

 

El naturalismo es una evolución del realismo, una manifestación posterior de ese estilo, un complemento cuyo principio básico es la descripción de la realidad en sus más crudos aspectos, utilizando su­posiciones e ideas científicas para explicar ciertas conductas humanas; así, fue fundamental la teoría del determinismo de la herencia, res­ponsable de vicios, taras y conductas morbosas y desordenadas. En la prosa naturalista abundan los términos científicos y la exposición de las consecuencias fatales de los vicios. Sus iniciadores fueron los franceses hermanos Goncourt, y, sobre todo, Émile Zola, en su famosa se­rie de veinte novelas
Los Rougon-Macquart: historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio. En España destacó sobre todo Emi­lia Pardo Bazán. En Hispanoamérica cabe destacar al novelista argen­tino Eugenio Cambaceres.

 

Es este estilo naturalista el que se advierte con más peso en La charca, en la exposición de la masa campesina depauperada, la des­cripción de las causas mórbidas de Marcelo y Silvina, la descripción de Gaspar, en la que sus repulsivos rasgos físicos son reflejo de su falta de cualidades, y, sobre todo, en la explicación que da Juan del Salto acer­ca de la influencia determinante de la herencia en la “turba de páli­dos”: “¿Qué depresión mórbida es ésa que por herencia pasa de una a otra generación, produciendo capas sociales contaminadas y enfer­mas?”, con los añadidos de una alimentación carencial, la precocidad sexual femenina y el alcoholismo. Pero mientras que en Zola no se puede luchar contra el determinismo, en Zeno Gandía se vislumbra una esperanza basada en la mejora de las condiciones y las costum­bres, y muestra esa posibilidad en el personaje de Montesa, que pudo cambiar porque pasó la mayor parte de su vida alejado de su tierra. En la novela abundan los términos científicos –avalados por los conocimientos médicos de Zeno Gandía–, y la exposición de los desastres del alcoholismo en aquel pueblo, en el mejor estilo naturalista.

 

Se llamó Modernismo a un movimiento renovador que surgió principalmente en Hispanoamérica y en España a finales del siglo XIX, y se caracterizó, por ejemplo, en el gusto por la musicalidad de las pa­labras y la imagen poética, el color, el ritmo y las referencias a lugares exóticos por un marcado espíritu de evasión. Fueron sus precursores, entre otros, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera y los cubanos José Martí y Julián del Casal, y su máxima figura el nicaragüense Rubén Darío. En España están Manuel y Antonio Machado, por citar algunos.

 

Esas características se pueden notar en La charca en la prosa que desarrolla cuando describe la Naturaleza, y si antes hablamos al res­pecto de su estilo romántico en mucha de estas descripciones, ahora podemos añadir que es, en la esencia, romántico, y en la forma, mo­dernista.

 

Metrópoli y colonia

 

La charca fue publicada en 1894, cuando todavía Puerto Rico era colonia de España; un año después obtendría su estatuto de autono­mía, que murió al nacer dados los acontecimientos de 1898.

 

En la novela, el padre Esteban y Juan del Salto hablan sobre

 

"Las cosas de la vida, el estado social de la colonia, la miseria públi­ca, la nerviosidad de las costumbres, la necesidad de una gran
espumadera que depurase el corrompido monstruo de las cordilleras"...

 

O sea, son conscientes de los males, pero confian en la mejora de la situación, pero “¿El ímpetu de un individuo en un inmuto de la vida de la colonia bastaría para curar la gran laceria?”, se pregunta Juan del Sal­to posteriormente. Y Zeno Gandía trabaja, desde su posición autono­mista y reformista, para contribuir a ese mejoramiento.

 

En La charca no hay ni una mención velada al Grito de Lares –no hubiera podido hacerlo libremente, pues habría sufrido alguna repre­sión–, pero sí a los sucesos de la Metrópoli, en un párrafo donde se ex­presan las ideas liberales de Zeno Gandía y la esperanza en el mejoramiento de la colonia, que es lo que los tres amigos –el doctor Pintado, el padre Esteban y Juan del Salto– conversan:

 

"Los tres amigos estaban saturados de los grandes alientos pro­gresistas de la revolución de septiembre. El sacudimiento que llevaba a la nación a las grandezas de lo porvenir, les había inspirado la reforma, la expansión colonial. Confesáronse los tres liberales.
Anchura
, sí, anchura en la vida política y en la económica. No más tu­telas. Hablaron de derechos y deberes, de amplitud, de igualdad, de necesidad de igualar ante la ley a todos los hijos de la nación, a to­das las clases, a todos los individuos."

 

Cuando mencionan “la revolución de septiembre” se refieren a la revolución española que comenzó el 30 de septiembre de 1868, cuyos acontecimientos provocaron el que la reina Isabel II tuviera que refu­giarse en Francia. Se instauró entonces un gobierno provisional y se aprobó, el 6 de junio de 1869, la Constitución más liberal que hasta en­tonces había tenido España; se entronizó una nueva monarquía con Amadeo de Saboya (1870-1873), que dio paso a la posterior, aunque efímera, Primera República.

 

Estos acontecimientos ocurrieron cuando Zeno Gandía se encon­traba viviendo en Barcelona con su familia y estudiando el bachillera­to. Fue una época muy revuelta, pero también portadora de una gran esperanza en las entonces colonias.

 

En el siglo XIX se va haciendo más evidente en Puerto Rico la ma­nifestación de una identidad propia, de un ser y sentir criollos. A par­tir de la segunda mitad de ese siglo destacan escritores y periodistas comprometidos en la formación de una cultura propia, la divulgación de las ideas, el progreso intelectual y la exposición de los problemas socioeconómicos, en muchos casos con una especial mirada hacia el campesinado y las bellezas naturales. En la larga lista de esos nombres podemos citar a Manuel Alonso –autor de El gíbaro; Manuel Elza­buru y Vizcarrondo, que impulsó la fundación del Ateneo Puertorri­queño; Alejandro Tapia y Rivera, considerado el iniciador de la litera­tura puertorriqueña, autor de la novela Cofresí (1876); Salvador Brau, novelista y periodista, que también destacó con sus ensayos Las clases jornaleras en Puerto Rico (1882) y La campesina (1886); Francisco del Va­lle Atiles con su ensayo El campesino puertorriqueño, sus condiciones físi­cas, intelectuales y morales, causas que las determinan y medios para mejo­rarlas (1887); Cayetano Coll y Toste, José Gautier Benítez y José de Diego y Eugenio María de Hostos, entre otros. Dentro de esta elite in­telectual hay que destacar la labor periodística de divulgación y opi­nión de Manuel Fernández Juncos, fundador del periódico El Buscapié en 1877, y de la Revista Puertorriqueña en 1887. Ya con la entrada del si­glo Zeno Gandía tendría su propio periódico: La Correspondencia.

 

Los escritores extranjeros más conocidos entonces en Puerto Rico eran, principalmente, los franceses Víctor Hugo, Balzac, Alejandro Du­mas y Émile Zola, y los españoles Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán.

 

La charca es una novela de su época, lo mismo en el aspecto litera­rio que en el intelectual. En ella está representada, principalmente, la clase campesina, con toda la problemática de su situación desfavore­cida. También en esta novela está representada la elite intelectual, en­carnada en los personajes del padre Esteban, el doctor Pintado y el ha­cendado Juan del Salto (el clero, la ciencia y la economía).

 

Un escritor es siempre portavoz de su época, y recibe la herencia de las ideas, los estilos y movimientos literarios que le precedieron, y de los cuales no puede sustraerse totalmente, aunque asuma una po­sición diametralmente opuesta, porque siempre se es, de alguna for­ma, el resultado de un pasado, al que luego se le añade la voluntad de cambio.

____________________
*Manuel Zeno García. La Charca. Puerto Rico: Editorial Plaza Mayor 2003.

                                                                                                                                                                                   

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