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Autores










Guillermo Vidal
Datos Biobibliográficos

 

Guillermo Vidal Ortiz (Las Tunas, 1952-2004). Considerado uno de los más importantes escritores cubanos contemporáneos, es autor de una extensa obra narrativa destacada desde los primeros premios nacionales que recibió, por su libro de cuentos Se permuta esta casa (Premio David, 1984) y Los iniciados (Premio 13 de Marzo, 1985). En 1990 merece el Premio UNEAC por su novela Confabulación de la araña, en el año 2001 es galardonado en el concurso Dulce María Loynaz por Los cuervos y en el año 2002 recibe el Premio Alejo Carpentier por su novela La saga del perseguido.

La  editorial Plaza Mayor ha publicado su novela Las manzanas del paraíso, que recibió el Premio Internacional de Novela Casa de Teatro, en República Dominicana.

 

Obras

 

  • El cultivador de rosas blancas
    (Homenaje al escritor cubano Guillermo Vidal Ortiz)

Dijo Carl Sandburgh: “Un árbol se mide mejor cuando ha caído”.

La enorme altura de Guillermo Vidal como persona, amigo y escritor, nos abruma desde el 15 de mayo. Lo sabíamos, pero de alguna manera el tránsito del vacío físico a esa otra vida en que se nos reparte ética y estéticamente es humano dolor.

No querrías tú mismo, Guille, habitarnos con una mueca o un rictus de olvido, sino con tu risa limpia, tu mano siempre abierta a la amistad y un chascarrillo para aligerarnos el tiempo. Y sobre todo con tu sombra, inmensa sombra de obra para compartirnos en el sueño reparador de la literatura más alta. Y tus raíces, en donde prenden ya este puñado de textos entre otros cientos con que tus amigos empiezan a germinar tu nombre en la historia.

(Patricia Gutiérrez).

 

 

Guillermo Vidal (derecha) junto a Patricia Gutiérrez, presidenta de la editorial Plaza Mayor, y los escritores Amir Valle y Alberto Garrandés, durante la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, año 2002.


Guillermo Vidal: oro de ley

Luis Manuel García

Fue en febrero de 1982 cuando me presentaron, durante una lectura en la Sala de Cultura de Victoria de las Tunas, a un hombre extremadamente delgado, de tez aceitunada y curtida por los soles feroces de la Isla. Su rostro era afilado como una navaja, con ojos que hablaban antes que su dueño abriera la boca, y su sonrisa era capaz de desarmar las peores intenciones. Antes y después de aquel día he conocido a personas que tras una apariencia de  ogros eran apenas ogros de caramelo, y a otros que despertaban una espontánea simpatía. Al cabo del tiempo uno descubría los devastadores efectos de una sonrisa-trampa, de un regalo envenenado. También he conocido a buenas personas que lo parecían, pero a ninguna como aquel hombre al que uno sabía incapaz de una mala obra desde la primera sonrisa.

Volví a encontrarlo al año siguiente, durante la premiación del concurso Cuentos de Amor, que convocaba Las Tunas. Y desde entonces nos vimos ocasionalmente en distintos espacios y circunstancias, sin que jamás me abandonara aquella sensación primera. Y lo más importante: sin que jamás tuviera ni un solo motivo para que me abandonara.

Hoy me entero que aquel ingenioso hidalgo, el escritor Guillermo Vidal Ortiz, falleció en la noche del pasado sábado  15 de mayo, a los 52 años de edad, en Victoria de las Tunas, su ciudad natal. Según algunos medios, fue un tumor cerebral; según otros, problemas respiratorios que ya lo habían obligado a varias hospitalizaciones. En cualquier caso, es injusto, irreparable.


Lo miro en la foto: igual de flaco, pero con una barba patriarcal plagada de canas, una mirada tan vivaz y joven como recuerdo, y una sonrisa que no llega a aflorar y apenas se insinúa en una mínima contracción de los ojos.

En 1986, el mismo año en que Guillermo Vidal ganó el premio David con su libro Se permuta esta casa –ya antes había obtenido el premio 13 de Marzo con Los iniciados--, apareció una especie de libro iniciático de una generación de narradores cubanos, la antología Hacer el amor, preparada y editada por Alex Fleites. En la contraportada aparece la tropa de los autores incluidos posando para el daguerrotipo. Siempre he pensado que en esa foto hay dos ausentes: Abilio Estévez y Guillermo Vidal.

Contando a esos dos ausentes, me percato de que en aquella foto de familia sólo tres habíamos nacido en La Habana, sólo dos vivimos hoy fuera de la Isla, y sólo uno permaneció en la provincia del interior donde había nacido: Guillermo Vidal. Resistió el “llamado de La Habana” durante los 70 y los 80, y resistió “el llamado de ultramar” tras la crisis de los 90.

En una entrevista concedida hace un año (Literaturacubana.com, junio, 2003), respondía que se había quedado en Las Tunas “sólo por razones sentimentales. Tengo la mayor parte de mi familia aquí, pero también tengo una hija, un yerno y dos nietos en España, a mi madre de crianza en Estados Unidos y no he dicho en ninguna parte que estoy comprometido a quedarme. Me va bien porque vivir lejos del mundanal ruido, permite que no me jodan. (…) Los viajes me deprimen un poco, pero a veces asisto a ferias en otros países, no a tantas, y me siento como un bicho raro y apenas hablo con la gente y sueño con volver a casa para no estar en salones y protocolos que me apocan, que me hacen decirme qué hago aquí, por qué no me quedé en casita, sin tanto barullo. Es que soy muy tímido. Aún así, imparto conferencias y doy entrevistas y salgo por la tele y nadie se da cuenta de que me cuesta mucho trabajo. Prefiero las conversaciones privadas, la gente sencilla, y detesto las frivolidades que llegan a asquearme”. Una timidez, una ausencia de vedettismo que algunos fabricantes de aureolas, prestigios literarios y otros artículos de segunda mano, suelen confundir con un síntoma de obra menor, quizás porque les resulta inconcebible que, incluso entre los escritores, a veces, la modestia exista.

Su larga barba, su coleta, su perfil aguileño, su inteligencia y su proverbial bondad, eran ya parte inseparable del paisaje urbano de Victoria de las Tunas, la ciudad donde nació el 10 de febrero de 1952, y que se negó a abandonar aunque en los 80 fue expulsado de su cátedra en el Instituto Superior Pedagógico  por razones “ideológicas”, y aunque su nombre constaba en la lista de los intelectuales que los medios no debían entrevistar en directo, por miedo a que dijera alguna “inconveniencia”. A pesar de todo, como dijo Guillermo, “un hombre es capaz de sentirse libre en condiciones muy duras”.  Y añadía: “Ni se imagina lo negras que me las he visto, he tenido que asistir a un juicio y luego me he tenido que ir como un apestado de mi trabajo como profesor universitario, he perdonado a esa gente, he vivido situaciones límites y he mantenido mi dignidad”.

Cuando ganó el premio Alejo Carpentier, los desconocidos lo felicitaban y hasta lo abrazaban por la calle. Posiblemente ese fuera su mejor premio. No la estatua que quizás le construyan mañana los mismos que lo expulsaron de su cátedra o los que lo inscribieron en la lista negra de los condenados al diferido. Y con más razón que las cadenas televisivas norteamericanas tras el affaire de Janet Jackson. Guillermo Vidal no habría mostrado, desde luego, una teta rellena de silicona; sino una verdad sin relleno, lo cual es siempre más peligroso.

Autor polémico e irreverente, más que un estilista fue un explorador minucioso de la condición humana en obras como Los cuervos, El amo de las tumbasConfabulación de la araña, Las manzanas del paraíso, Ella es tan sucia como sus ojos, Matarille, posiblemente su más polémica novela, El quinto sol y La saga del perseguido (Premio Alejo Carpentier, 2003). Además de éste, obtuvo los premios Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC (1990), Hermanos Loynaz (1996), Casa de Teatro (República Dominicana, 1998) y Dulce María Loynaz (2002).

No obstante, siguió buscando hasta el último día, buscando la novela ideal: “Una que el lector no pudiera dejar de principio a fin y que hablara de lo poco sabios que hemos sido hasta ahora, que la gente envejece y muere y seguimos casi como en la comunidad primitiva, si quitamos unos cuantos artefactos y comodidades (…) sigo esperando esa novela que me hará feliz y si esto ocurre es que me voy a morir”.

Hoy Guillermo Vidal ha muerto con la certeza de que su gran novela será la próxima, pero con la certeza también de que cada página memorable que nos dejó era una página de esa novela nonata. La literatura, Guillermo, es como ir a cumplirle a Santiago Apóstol: más vale el sudor del camino que tocar el santo. Sobre todo cuando hay tanto santo trucado, desechable.

Eludió el autobombo y el marketing, despreció la vida de salón y tertulia, no cultivó las amistades convenientes, le pisó los callos a personas poderosas con los pies sensibles y dedicó más tiempo a los buenos sustantivos que a las buenas influencias. En fin, no era “un hombre de éxito” ni “una gran figura de nuestras letras”.

Él mismo lo contaba:

“Me levanto a las cuatro de la madrugada y oro a Dios para que me permita escribir, leo algunos pasajes de la Biblia y luego releo fragmentos de novelas que elijo por temporadas y que acaricio con una envidia rosa, y cuando parezco un pitcher que ha calentado lo suficiente, me siento ante el ordenador y escribo con gran rapidez y siento que me dictan, siento el tono, veo lo que ocurre en la novela y me creo en esos momentos un escritor de gran calibre, trabajo hasta media mañana si puedo y salgo feliz si me ha ido bien y no reviso hasta después. Escribo todos los días excepto los domingos, tengo una disciplina del carajo, como de obrero ejemplar”.

Y uno se percata de que este hombre no estaba dotado para el glamour: era un escritor que dedicaba su tiempo a escribir.

Su prosa afilada y por momentos ácida suscitó con frecuencia la ira de los guardianes de la ideología, sin que por ello Guillermo Vidal, el hombre, quebrara su cordialidad y su sencillez. Se ocupó de los marginales, de los presos y los homosexuales condenados a exclusión social o condenados, a secas, de las familias en descomposición, de lo que se oculta bajo la cáscara de la realidad, y sobre todo del miedo que paraliza y corrompe.

Hasta el último minuto, como él mismo afirmó, escribió “con las tripas”, jugándose el alma, porque “si se es deshonesto como escritor uno está perdido o comienza a perderse”.

El escritor Guillermo Vidal nunca perteneció a nadie. Me temo que su cadáver ya pertenece al gobierno. Cuando se pudran en el olvido sus zonas incómodas, lo exhumarán corregido y revisado, a engrosar el panteón donde mantienen disecados a Lezama y a Virgilio. Claro que el gordo y el flaco deben estarse riendo como locos de sus momias. Guillermo apenas echará una sonrisa socarrona cuando lo encaramen al podio de las glorias patrias.

Por suerte hay cadáveres rebencúos, escritores inmunes a la taxidermia. Después que los forenses de la cultura certifican la hora de compilar sus obras completas, muerden. 

Guillermo era un católico ferviente. Quizás Dios lo necesitara con urgencia a su lado. Yo me confieso ateo y su muerte corrobora mi incredulidad: ningún Dios tan omnisciente como un narrador clásico del siglo
xix nos arrebataría con veinte años de antelación a un escritor de ley, sabiendo lo que cuesta restañar la cicatriz que nos deja en el planeta la ausencia de un hombre bueno.

   

Presentando la novela Cundo Macao, del escritor cubano Gregorio Ortega,  Feria Internacional del Libro de La Habana, 2004.

 

Con los escritores cubanos Antón Arrufat y Jorge Ángel Hernández, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana, 2003.

 

Junto al escritor cubano Miguel Mejides, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara,  año 2002.



¡Coño, Guille!

José M. Fernández Pequeño

Como quien teme perderse, vamos por la existencia dejando contraseñas para nosotros mismos, índices que nos aseguren la posibilidad de mirar atrás y volver a lo que somos. A veces son ocurrencias, a veces son lugares, a veces son personas, a veces sólo rumores, pero entre todos constituyen el puerto de siempre retorno, sin el que cualquier andadura o proyecto carece de equilibrio. Hablo de marcas tan íntimas, tan dadas por supuesto, que sólo se hacen notables cuando faltan. El martes 18 de mayo de 2004, a la luz inesperada de la muerte, supe que la presencia quijotesca y noble de Guillermo Vidal Ortiz es, para mí, una de esas señales de pertenencia.

Lo conocí hace como mínimo 25 años. Vivía por la época en el centro mismo de Las Tunas, agregado en la casa de algún familiar, una hermana si no me fallan los recuerdos. Era un lugar alto, viejo y pintoresco. Desde entonces y hasta siempre, nos unieron tres cosas fundamentales: la literatura como una manera de vivir (y, ya lo sabemos, también de morir); la conciencia de que las cosas son mejores si soportan la confrontación con la broma; y una admiración definitiva por la magia de las malas palabras.

Puedo ver y escuchar como si fuera ahora mismo al Guille que en los últimos años setenta leía con ejemplar convicción cuentos asombrosos por el manejo entrañable del detalle, por una desmesurada capacidad de fabulación y por el desparpajo con que recreaban una realidad que, vista con los ojos de todos los días, parecía bien chata e intrascendente.

Algunos años después, cuando tuve que presentarlo en una de aquellas actividades de talleres que Aida Bahr organizaba en Santiago de Cuba, no encontré mejor modo de exaltar sus inusuales dotes para la creación que catalogarlo de farsante. Claro que era una broma. Pero, en serio, si tuviera que resumir en una palabra al Guillermo Vidal escritor, volvería a decir lo mismo y, aun más, agregaría que fue uno de los farsantes más auténticos y convencidos que hayamos tenido en los últimos cuarenta años de literatura cubana.

Guillermo Vidal Ortiz había entrado al mentidero de la ficción bajo la guía de lecturas muy provechosas entre los autores hispanoamericanos del boom y sus posteriores. Había encontrado allí esmeril apropiado para afilar una capacidad innata de desdoblarse en personajes con una fuerza y una veracidad impresionantes, lo que le permitió construir en sus novelas y cuentos una funcional e innovadora relación autor-narradores-personajes. Que ha sido una operación provechosa, lo demuestran sus libros y la comunicación inmediata que establecen con los lectores.

Una novela como Matarile, por ejemplo, es lo más cercano a un
bestseller literario sin concesiones que hayamos tenido en Cuba.

Así era el Guille: creativo y empeñoso. Luchó durante años a brazo partido para construir una casa propia, un espacio donde albergar decentemente a su familia. Se necesita haber vivido en Cuba para saber los traumas que tal aspiración acarrea cuando no se tienen la vocación, los contactos y el tiempo para manejar los hilos del poder o del mercado negro. Pues el Guille fue levantando su casa en medio de las precariedades más violentas, ladrillo a ladrillo y sin perder la sonrisa. Igual que vivía la literatura. Era una época de encuentros literarios por todas partes y en todo momento.

Una vez nos llevaron a presentar nuestros libros en un lugar donde éramos totalmente desconocidos y al Guille se le ocurrió la broma de intercambiar las identidades. Nadie puede imaginarse lo que disfrutamos aquella noche hablando mal en público de nosotros mismos, él convertido en Fernández Pequeño y yo actuando a Guillermo Vidal. Le vi hacer esa operación con varios amigos y en varios momentos. Nada, puro farsante el Guille.

A pesar de esa alegría y esa habilidad para moverse en clave de broma, nunca fue mordaz o hiriente. Todo lo contrario: era una de las personas más humildes y tímidas que he conocido dentro de este espinoso universo intelectual. Tanto, que dejaba la apariencia de un ser muy frágil; apariencia engañosa, bien lo saben sus amigos y sus enemigos.

Durante muchos años soportó en su ciudad natal una vigilancia política que no pocas veces adquirió trazas de persecución. Se le acusó de mantener relaciones estrechas con su familia emigrada, de hacer llegar al país y consumir obras de autores cuya circulación estaba prohibida, de opinar con excesiva liberalidad y tolerancia, de escribir una literatura demasiado cuestionadora sobre la realidad cubana y, en fin, de cuanta cosa era capaz aquella monserga dogmática y simplista que se iba haciendo más inquisitorial en la misma medida que avanzaba hacia el interior de las provincias.

Nunca olvidaré su dolor cuando me contó, durante un encuentro de escritores en Tunas, cómo la institución docente donde impartió clases durante años le había enviado una comisaria para enumerarle sus graves deficiencias ideológicas y acusarlo de ser una influencia perniciosa para sus hijos y sus alumnos: ¡delante de su familia!

La situación llegó a su tope de tensión cuando un anciano y poderoso funcionario del sector cultural, de paso por Las Tunas, rechazó indignado y públicamente la lectura de un cuento del Guille por “obsceno”. ¡Con qué decisión se le echaron encima los perros de la intolerancia provincial! Y es muy probable que hubieran terminado por despedazarlo si, en una visita a la ciudad de las esculturas, el gran novelista José Soler Puig no se hubiera desgajado en halagos sobre el talento y la calidad de la narrativa escrita por Guillermo Vidal Ortiz. ¡Perros, atrás!: nadie iba a contradecir al por entonces más alto novelista vivo dentro de la isla. De paso, anoto que entre Soler y el Guille siempre encontré un parecido raro, difícil de precisar; ahora me pregunto si no sería porque ambos respiraban de un modo angustioso, como con cierta desesperación.

Testarudos, nobles y buenos narradores sí eran los dos. En el caso del Guille, esas cualidades lo convirtieron pronto en el escritor más importante de su región y en una de las voces más representativas entre los narradores cubanos nacidos en los años cincuenta. Y eso, a puro tesón. Nunca había alcanzado a vivir la casa que construyó con tanto esfuerzo, pues una desavenencia matrimonial le llevó a la bondadosa decisión de abandonarla para usufructo de sus hijos y volver otra vez al camino: a comenzar de nuevo. Hace un año, en mayo de 2003, cuando vino a la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo y lo felicité por su premio de novela en el concurso Alejo Carpentier (hoy por hoy el más prestigioso y mejor pagado dentro de la isla), me dijo: “Al mandar la novela, le hablé a Dios, le dije quedo en tus manos, tú sabes que necesito ese dinero para mi casa”.

En esa estancia dominicana ejercitamos largamente los músculos del bonche. Volvimos a intercambiar identidades durante la presentación de nuestros libros en un colegio, fuimos entrevistados (junto a Jesús David Curbelo, pregúntenle) por uno de esos animalitos exóticos y huecamente voluptuosos que la farándula ha dado en llamar megadivas, y me di el gustazo de disfrutar al Guille y a Curbelo en un ejercicio cuyo summum estremecedor y trascendente sólo puede ser alcanzado por un cubano que vive en la isla: ir de compras a los grandes almacenes capitalistas.

Nada podía hacerme suponer que el 18 de mayo, al abrir el correo electrónico, encontraría la noticia de que Guillermo Vidal Ortiz había muerto tres días antes, dizque por una complicación respiratoria. Confuso, atolondrado por el dolor, busqué información entre los amigos comunes que alientan en los callejones del  Internet.
 
Alguien me dice que había sido a causa de un enfisema pulmonar, otro que al parecer sufrió un paro, otro más que había comentarios de un tumor ignorado hasta el último momento por los médicos… y así las versiones comienzan a torcerse, a volverse cada vez más literarias: que, según dicen, al momento de morir, los médicos estaban investigando si su afección respiratoria no tenía alguna relación con el hecho de que en la vieja e inhóspita casa donde vivía había ocurrido una repentina invasión de murciélagos, y ya se sabe que esos animalitos depositan en sus excrementos un hongo que destruye los pulmones. Era bastante.

Sólo la ficción teje una verdad duradera, bien lo supo ese travieso farsante de Guillermo, que de pronto se desdobla en personaje de sí mismo y nos deja la fabulación como única manera de entender su vida y su muerte. Uno de los cuentos que hace 25 años lo lanzaron al espacio literario, aquel que ha sido más antologado y leído entre los escritos por él, lleva por título “Se permuta esta casa”. En ese texto estupendo, la descripción se va iluminando con los sueños, dolores, alegrías, pasiones y asombros de quienes habían habitado aquellos espacios signados para siempre por las mil marcas de la pertenencia.

Guillermo Vidal Ortiz, que dedicó toda su vida a construir un rincón propio donde vivir sobre la tierra, acaba de instalarse definitivamente en su hogar natural, aquel del que ya no podrán expulsarlo ni el desamor de los hombres ni el destino en forma de enigmáticos murciélagos: la literatura.

 

Con los escritores Emilio García Montiel y  Amir Valle, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, año 2002

Con el escritor Alejandro Aguilar, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana, año 2003.

 

 

 

 

 

 


Amigo mayor

Alejandro F. Aguilar

Desde el domingo 16 de mayo en la mañana vuelvo y reviso el correo electrónico, busco en las ediciones digitales de la prensa cubana y en los boletines literarios que habitualmente recibo pero no hallo lo que busco; nada que desmienta la noticia recibida ese amanecer con la fuerza bruta de un golpe a traición. Se nos fue el Guille.

¿Adonde habrá ido esa voz rajada, nasal, ciertamente no melodiosa pero cálida, amiga, siempre cargada de un buen sentido del humor? ¿Donde andarán esos ojos azules y graves, esa barba copiosa de monje ortodoxo que te cubre el rostro y la timidez? ¿Quién escuchará ahora el acento oriental de tus palabras, la agudeza de tus pensamientos nobles? ¿Quién tendrá el privilegio de leer tus nuevas obras? (Porque habrá nuevas obras ¿verdad Guille? o tendríamos que aceptar –en contra de tu fe– que todo termina aquí)… ¿Quién recibirá la bondad de tu palabra, el consejo de amigo mayor, el juicio justo y la defensa apasionada de lo que crees válido?...

Tal vez deba usar aquí un tono ceremonial, grave; pero tratándose de ti no encuentro otra manera de escribir que siendo honesto, natural, incluso cursi. Desde que recibí la noticia y aún ahora cuando logro sobreponerme y escribir, no he podido evitar llorar y hasta he tenido que pedirle a los amigos que me ayuden a asimilar el golpe, a comprenderlo,
a respirar incluso.

—Eso es la vida- parece ser el único consuelo.

Ahora me pregunto cuánto tiempo nos escamoteamos de estar en contacto; de intercambiar muchas más ideas a través del correo, tú desde el remoto “in-xilio” tunero, yo desde esta distancia que a veces duele. Tus amigos lamentamos lo que dejamos de hacer. Los otros andarán preguntando a sus conciencias sobre todo lo que trataron de no dejarte ser y hacer. Los demás, aquellos que no tuvieron el privilegio de conocer quién fue Guillermo Vidal –no te sientas mal, es el sino de los que escogimos vivir y morir en el oficio casi anónimo de la literatura–, se darán cuenta ahora de qué gran oportunidad perdieron de cruzarse con un ser humano como tú. “Imprescindible” es un término que siempre me resultó demasiado cargado por sus connotaciones. Siempre… hasta el domingo en la mañana cuando supe de tu muerte.

Dejo a otros los detalles biográficos y la relación de tus muchas obras, premios y otros datos. Prefiero recordarte en medio del ajetreo de las Ferias del Libro, que al menos para nosotros no eran más que un pretexto para el encuentro entre amigos, además de algún que otro acto de apoyo a un colega en situación editorial difícil o de celebración por el éxito de este o de aquel.

Te veo sentado en la sala de mi apartamento en el Vedado hablando de literatura o de la vida, que eran tus religiones además de la otra; o tratando de desentrañar los absurdos procedimientos de un viaje al extranjero cuando ibas a buscar el premio Casa de Teatro a República Dominicana ¿te acuerdas?; o cuando te preparabas para las veleidades de la Feria del Libro de Guadalajara. Te esforzabas por serenarte y comprender que además de los libros existen unos siniestros permisos de salida y unos tales pasaportes, unas visas y otros subterfugios que separan en lugar de acercar a los seres humanos.  Los ojos se te perdían nerviosos en un pliegue de la sonrisa tímida tras la barba y esos espejuelitos que me hacían sospechar los habías robado a la estatua de John Lennon.

Para relajarte –no bebías alcohol, pero es que nadie es perfecto- hacíamos bromas sobre los personajes de nuestras obras y lo mucho o poco que hallábamos de nosotros mismos en ellos. Siempre hablamos de la vida porque es bella y difícil y porque nada nos viene dado sino que hay que luchar muy fuerte por conseguir aquello en lo que creemos. Tú mejor que nadie lo sabes.

Recuerdo tu último correo electrónico, que escribiste poco antes de ser hospitalizado y trasladado a La Habana con la ayuda de Amir y algún otro amigo. Terminabas diciendo: “Duro ahí, c……, ya nos volveremos a ver. Besos y abrazos para todos, Guille.” Ahora comprendo que aquello era tu despedida y lo único que no debiera perdonarte (aunque igual te perdono) es no habérmelo dicho con claridad.

De momento te devuelvo los abrazos, hago acopio de serenidad y ya sin llorar me despido con el orgullo de saberte en ese otro lugar que nadie podrá disputarte, el sitio que ganó por derecho propio Guillermo Vidal Ortiz en la Historia de la Literatura Cubana y en ese otro lugar donde acunan los mejores sentimientos, al que todos insistimos en llamarle “corazón”.

Donde quiera que estés querido Guille, descansa en paz, hermano mío.

   

Con los escritores Lorenzo Lunar, Rebeca Murga y Amir Valle, durante un evento en la ciudad de Santa Clara, Cuba, año 2003.

Con Eloy Gutiérrez Menoyo, presidente de la organización Cambio Cubano.

El ingenioso hidalgo Guillermo Vidal asciende a los cielos

Eugenio Marrón

¿Por cuál de estas calles se asomará?... Era la pregunta que me asaltaba cuando, al llegar a Las Tunas, Guillermo Vidal no aparecía en los salones de la Biblioteca, su otra morada, a la busca de noticias de algún tiempo lejano o a la caza de cierta curiosidad extraviada... ¿Por cuál de estas calles se asomará?... Y el flaco desgarbado con melena y barbas a lo Moisés de Michelangelo, con pulóver negro y jeans y sandalias, sus espejuelos a lo John Lennon, irrumpía y era la fiesta: el humor generoso y la sabrosa picardía, la inteligencia avispada y el verbo desenfadado, el conversar provechoso y la sabiduría inquieta... Guillermo Vidal era un banquete para sus amigos y un banquete para sus lectores: esta mañana del 20 de mayo de 2004 lo vuelvo a refrendar.

Un cortejo fúnebre de cuadras y cuadras, la marcha pausada y doliente, la banda de conciertos de Las Tunas a la cabeza con su ritmo, la gente en las aceras que se queda callada y muy quieta –la viejita que se persigna, las empleadas de una tienda que se asoman, la pareja que se abraza–, el caminar más largo en un verano sin tregua, como si, de cierta manera, fuera el preludio de un cuento o una novela de Guillermo, el cuento o la novela que ha quedado en la pantalla del ordenador y del que, por extraña condición de la realidad y sus caprichos, somos personajes... De estos lugares son las criaturas que habitan sus libros y las historias que allí se cuentan: un entorno humano y natural de huellas precisas, que otra vez se descubre el día de estos funerales.

De toda la isla han venido los amigos escritores y editores para acompañarle, para sumarse a su familia y sus afectos de alma y oficio: a Alberto Garrido, Carlos Tamayo y Ramiro Duarte, entre tantos y tantos de Las Tunas, se han unido Amir Valle, Jesús David Curbelo, Pablo Vargas, Aida Bahr, Jorge Luis Hernández, Manuel García Verdecia, Lourdes González, Juan Siam, Michael Hernández Miranda y muchos más... Otros, que no pudieron venir, como Róger Ávila en La Habana, estuvieron con él hasta el último momento...  Este jueves de 33 grados centígrados con lo alto que a ratos es de nubes, a merced del viento y la sequía... Caminamos y son los recuerdos que asaltan una y otra vez: "Con Guille se nos ha muerto el alma", me dice Garrido.

El cementerio de Las Tunas, no sé por qué, me hace pensar en Comala y sospecho que en alguna parte andará el amigo como si fuera Juan Preciado, ya transmutado en personaje de aquella novela que tanto leyó, de aquel narrador que tanto amó y fue uno de sus paradigmas... A las puertas del cementerio se detiene el cortejo: el poeta Edel Morales despide el duelo con palabras tiernas, verídicas y emocionadas... Una frase suya queda como eco: "Como José Martí, Guille fue un cultivador de rosas blancas"... A unos metros del mausoleo donde reposa el Mayor General Vicente García, héroe mambí de la guerra de 1868, se abre la tierra y es el comienzo de esta nueva andanza, cuando el ingenioso hidalgo Guillermo Vidal asciende a los cielos. 

 

 

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